He ido a la Puerta del Sol y después a casa de Maricarmen. No he ido a hacer campaña por nadie, ni a buscar una bandera a la que agarrarme, ni siquiera con demasiadas ganas de encontrar respuestas.
He ido a escuchar.
Y quizá eso sea lo más extraño de todo en estos tiempos: escuchar opiniones políticas sin tener que convertirlas inmediatamente en las tuyas.
La Puerta del Sol no es un lugar cualquiera. Durante siglos ha sido un punto de encuentro, de protesta y de reivindicación. En 2011 se convirtió en el símbolo del 15M, cuando miles de personas ocuparon la plaza para expresar su hartazgo con la situación económica, las instituciones y una forma de entender la política que muchos consideraban alejada de la ciudadanía.
Quince años después, Sol vuelve a llenarse de tiendas y pancartas. Esta vez el detonante es la vivienda y, en particular, el caso de Maricarmen, una mujer de 87 años que ha sido desahuciada de la vivienda en la que llevaba décadas viviendo. Su caso ha provocado movilizaciones y ha vuelto a colocar la vivienda en el centro del debate público.
Yo he ido precisamente por eso: para escuchar qué piensa la gente.
Y me he encontrado, como era de esperar, con opiniones de todo tipo. Personas indignadas, personas cansadas, personas convencidas de que el problema tiene una solución política concreta y personas que ya no confían prácticamente en ninguna solución política.
Esta última posición es probablemente la que más me representa.
Estoy completamente desencantado con la política. No porque haya dejado de importarme lo que ocurre, sino quizá precisamente porque me importa demasiado. Me cansa la polarización permanente, esa obligación de escoger bando antes incluso de poder pensar. Me cansan las discusiones en las que ya no importa tanto lo que se está diciendo como quién lo está diciendo. Me cansan las redes convertidas en trincheras y la política reducida a una sucesión de enemigos.
A veces pienso que, si fuera por mí, mandaría a todos a tomar por culo.
A todos.
A los que creen tener el monopolio de la verdad. A los que convierten cualquier problema en una guerra entre buenos y malos. A los que utilizan el sufrimiento de la gente como munición política. A los que responden a cualquier crítica señalando inmediatamente al adversario.
Pero también he aprendido algo yendo a Sol: detrás de todas esas etiquetas hay personas.
Personas que tienen miedo de perder su casa. Personas que no llegan a fin de mes. Personas que están hartas. Personas que votan a un partido, a otro o a ninguno. Personas que han dejado de votar. Personas que creen que todavía merece la pena luchar y personas que ya no esperan absolutamente nada.
Y quizá por eso quería ir.
No para decidir quién tiene razón.
No para volver convertido a ninguna causa.
Simplemente para escuchar.
Porque quizá antes de volver a discutir de política deberíamos recuperar algo mucho más básico: la capacidad de escuchar a alguien que piensa distinto sin sentir que, por hacerlo, estamos traicionando nuestras propias ideas.
Salí de Sol y fui a casa de Maricarmen.
Y sigo sin tener respuestas.
Pero al menos he escuchado algunas preguntas que merece la pena hacerse.